Banco de madera en un parque soleado, espacio simbólico para la infancia
Día universal de la infancia · Recurso para leer con peques

El banco valiente del patio

Un minicuento y una guía para abrir conversaciones reales sobre diversidad, respeto y infancias que a veces se sienten fuera.

Guía para familias y docentes · Voces contra la Injusticia

Este recurso está pensado para que lo leáis en voz alta (en casa o en clase) y después habléis juntas y juntos. Nace desde el proyecto Voces contra la Injusticia para acompañar a la infancia en temas de exclusión, diferencias y cuidado mutuo.

Cómo usarlo: primero, lee el cuento con calma. Después, escoge algunas preguntas y deja que las niñas y los niños cuenten sus propias historias: momentos en los que se han sentido fuera, situaciones injustas que han visto y cosas que les gustaría cambiar.

Minicuento: “El banco valiente del patio”

Lectura recomendada a partir de 6 años (adaptable con lenguaje más sencillo para peques más pequeños).

En el patio del cole había de todo: niñas y niños que corrían como cohetes, otras criaturas que preferían leer, algunas que jugaban siempre en grupo y otras que daban vueltas solas, como si estuvieran buscando un lugar donde encajar.

Nina tenía la piel marrón brillante y un pelo rizado que parecía nube. A veces la miraban tanto que le dolía la tripa. Leo llevaba un audífono que le ayudaba a escuchar, pero algunos compañeros se reían cuando no entendía algo a la primera. Sara vivía en dos casas diferentes y sentía que no era “como las familias de los cuentos”. Amir estaba aprendiendo el idioma y le daba vergüenza hablar. Vega era tan sensible que, cuando alguien gritaba, se le llenaban los ojos de agua.

Ninguna de estas personas lo sabía, pero todas compartían la misma idea silenciosa: “Soy la persona rara de la clase”.

Un día, la profe llevó al patio un banco de madera que encontró en el almacén. Estaba viejo, pero firme. Lo colocó cerca de la canasta y dijo:

—A partir de hoy este será el Banco Valiente. No es un banco de castigo, ni de estar sola o solo. Es un lugar para decir sin palabras: “Hoy necesito que alguien me vea de verdad”.

Las normas eran sencillas: si alguien se sentaba allí, las demás personas no podían mirar hacia otro lado. Al menos una debía acercarse, sentarse a su lado y preguntar: “¿Quieres contarme algo o prefieres que solo nos quedemos aquí contigo?”.

El primer día nadie se atrevió. “Si me siento ahí, van a pensar que estoy mal”, murmuraban algunas voces.

Hasta que, en una mañana de viento, Leo se equivocó en clase porque no oyó bien la pregunta. Hubo risitas. En el patio, con el corazón latiéndole fuerte, caminó despacio y se sentó en el Banco Valiente.

El patio pareció hacerse gigante. Algunas miradas se fueron al suelo, otras hicieron como que no veían nada. Entonces, Nina respiró hondo y pensó: “Si el banco es valiente, yo también puedo serlo”.

Se acercó, se sentó a su lado y dijo:

—Oye, a mí también me miran raro a veces por mi pelo. ¿Te apetece que estemos aquí un rato juntas y juntos?

Leo asintió, con los ojos brillando un poco. No hacía falta hablar mucho. Bastaba con no dejarle solo.

Al día siguiente fue Sara. Luego Vega, en un recreo en el que todo parecía demasiado ruidoso. Otro día fue Amir, después de que alguien se burlara de cómo pronunciaba una palabra.

Poco a poco, el Banco Valiente dejó de ser “el sitio de las personas raras” para convertirse en el lugar donde se recordaba algo importante: que nadie merece sentir que sobra.

Un viernes, la profe preguntó:

—¿Qué os gustaría cambiar del patio?

Nina levantó la mano:

—Quiero que no haga falta que alguien se siente en el Banco Valiente para que le tratemos bien. Que el patio entero sea un lugar donde, si alguien se equivoca, está triste o se siente diferente, no le señalemos, sino que preguntemos “¿qué necesitas?”.

Hubo un silencio de esos que no son incómodos, sino importantes.

Ese día, acordaron una nueva regla: el Banco Valiente seguiría ahí, pero todas y todos intentarían ser personas valientes. Valientes para decir “eso no está bien” cuando alguien se burla. Valientes para pedir ayuda. Valientes para escuchar de verdad cuando otra persona habla.

Desde entonces, si mirabas el patio desde lejos, no solo veías un banco de madera. Veías un lugar donde la diversidad no separaba, sino que recordaba que cada historia tenía un sitio, y que la infancia era un patio donde todas las voces merecían ser escuchadas.

Preguntas para hablar después del cuento

El objetivo no es “examinar” a nadie, sino abrir espacio para que expresen lo que sienten, han vivido o han visto en su entorno.

Con peques (aprox. 6–8 años)

Elige 2–3 preguntas, no hace falta hacerlas todas.

  • ¿Qué personaje del cuento se te ha parecido más a ti? ¿Por qué?
  • ¿Alguna vez te has sentido “la persona rara” en algún sitio? ¿Qué pasó?
  • Si en tu cole o en tu parque hubiera un “Banco Valiente”, ¿cuándo te sentarías?
  • ¿Qué frase te gustaría escuchar cuando estás triste o te equivocas?
  • ¿Qué podemos hacer si vemos que alguien se ríe de otra persona porque es diferente?

Con mayores (aprox. 9–12 años)

Podéis dejar que ellas y ellos también propongan preguntas.

  • ¿En qué momentos del patio o de clase suele haber más injusticias o burlas?
  • ¿Qué diferencias (idioma, cuerpo, familia, forma de aprender, color de piel…) se suelen usar como motivo de burla?
  • Cuando has visto algo injusto, ¿qué te ha frenado a veces para intervenir?
  • ¿Cómo sería un patio o una clase donde no hiciera falta un Banco Valiente?
  • ¿Qué acuerdo os gustaría crear como grupo para cuidar mejor a quien se siente fuera?

Ideas para seguir trabajando en casa o en el aula

Pequeñas acciones para que el cuento no se quede solo en una lectura, sino que se convierta en una forma de mirar y acompañar.

1. Dibujar el Banco Valiente Cada niña y niño puede dibujar su propio Banco Valiente e imaginar qué le gustaría escuchar si se sentara allí. Luego se pueden pegar los dibujos en una pared a modo de mural de cuidados.
2. Frases valientes Crear una lista de frases para decir cuando vemos una injusticia: “Eso no está bien”, “No te rías, le duele”, “¿Quieres que me quede contigo?”. Podéis dejarlas visibles en una cartulina o en clase.
3. Acuerdo de grupo Como familia o como clase, redactar un pequeño “pacto de patio / casa” donde se incluya que nadie se queda sola o solo cuando se siente diferente, y que la diversidad (idioma, familia, cuerpo, capacidades…) es algo que se cuida, no que se ataca.
4. ¿Quién fue banco hoy? Al final del día o de la semana, podéis compartir momentos en los que alguien fue “banco” para otra persona: escuchando, acompañando, defendiendo o haciendo sentir que sí pertenece.
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